San Martín sin bronce: el hombre de carne, guaraní y exilio que la historia oficial intentó domesticar
*por Patricia Bareiro
Para los manuales escolares, allí moría el "Santo de la Espada", un héroe inmaculado y solemne. Sin embargo, al cumplirse un nuevo aniversario de su partida, la mirada crítica de historiadores contemporáneos desarma el mito de yeso para rescatar al estratega político, al hombre atravesado por las contradicciones de su tiempo y al exiliado que pagó caro su rechazo a la intolerancia civil.
El mito del "Santo" contra el revolucionario hispanoamericano
La historiografía tradicional, inaugurada por Bartolomé Mitre, se encargó de moldear un héroe a la medida de la élite porteña: militar brillante, pero despojado de ideología. El historiador Norberto Galasso rompe drásticamente con esta construcción.
Galasso recuerda que San Martín nació en Yapeyú y creció hablando guaraní, un detalle sistemáticamente omitido por el relato oficial, que buscaba adjudicarle un origen exclusivamente noble y europeo.
Lejos de haber asistido al elitista Real Seminario de Nobles de Madrid un mito desmentido por registros históricos, el joven José se educó en una escuela gratuita de Málaga como hijo de un militar de origen campesino.
Galasso defiende que San Martín no regresó en 1812 como un agente al servicio de intereses británicos, sino como un militar imbuido del pensamiento de la Revolución Francesa y las corrientes liberales españolas, cuyo objetivo real era la liberación de la Patria Grande y no solo de un puerto.
El "Ostracismo Voluntario" y la batalla por el relato
Cuando la guerra civil comenzó a desangrar las Provincias Unidas, San Martín tomó una decisión tajante: "Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas". Ese rechazo a derramar sangre hermana lo empujó al exilio en 1824.
La historiadora Marcela Ternavasio analiza este largo periodo europeo no como un simple retiro pasivo, sino como un complejo escenario político y narrativo.
Ternavasio señala que la notable longevidad de San Martín le permitió, durante su "ostracismo voluntario", dedicarse activamente a elaborar una narración propia de su vida y a defender su legado frente a las difamaciones que recibía desde Buenos Aires.
Desde Bruselas y Francia, el general seguía minuciosamente los acontecimientos del Río de la Plata. Denunciaba el despilfarro institucional y miraba con profunda preocupación cómo la intolerancia facciosa pulverizaba el sueño de la unidad hispanoamericana.
Para los gobiernos de turno, el Libertador en el exilio era un testigo peligroso. Su mera existencia recordaba el fracaso político de una dirigencia que priorizó las disputas aduaneras y las guerras civiles por encima del proyecto continental.
El legado de un estratega político
Reducir a San Martín a un cruce de cordillera heroico es la forma más eficaz de vaciarlo de contenido. Detrás del militar que liberó tres naciones existió un gobernador ejemplar en Cuyo, un protector del Perú que impulsó bibliotecas públicas y un pensador que entendió que la independencia no era un fin en sí mismo, sino el primer paso para construir sociedades soberanas.
Este 17 de agosto, el homenaje real no está en las ofrendas florales a los bustos de bronce, sino en recuperar la dimensión humana e intelectual de un hombre que prefirió la soledad del destierro antes que la traición a sus propios principios.