El tren que abrió caminos
*por Patricia Bareiro
La llegada del ferrocarril a la Argentina significó mucho más que un avance técnico: fue la puerta de entrada a un modelo de integración territorial y de expansión económica. Mientras Buenos Aires celebraba la modernidad con “La Porteña”, provincias como Misiones permanecían aisladas, dependiendo de ríos y caminos precarios para sostener la vida cotidiana y el comercio.
El trazado inicial, convertido luego en el actual Ferrocarril Sarmiento, simbolizó el inicio de una red que buscaba unir regiones y facilitar el traslado de personas y mercancías. Para los académicos, este hecho se inscribe en el proyecto liberal de mediados del siglo XIX, que veía en el ferrocarril una herramienta para consolidar el Estado nacional y abrir mercados.
En Misiones, sin embargo, la realidad era distinta. La provincia estaba marcada por la distancia con los centros de poder y por una economía basada en la yerba mate y la madera, productos que necesitaban vías de transporte más eficientes para competir. La falta de ferrocarriles limitaba la integración y profundizaba las desigualdades regionales.
Historiadores como Norberto Galasso y R. Puiggrós señalan que el ferrocarril fue un símbolo de progreso, pero también de un modelo centralista que priorizó las necesidades de Buenos Aires y relegó a las provincias periféricas. En ese contexto, la demanda de contar con este medio en Misiones se convirtió en una necesidad estratégica: no solo para el comercio, sino para la construcción de ciudadanía y pertenencia nacional.
La fecha, recordada como el Día de los Ferrocarriles Argentinos, invita a reflexionar sobre cómo la modernidad llegó de manera desigual y cómo el tren, más que un medio de transporte, fue un instrumento de poder y de integración pendiente en regiones como Misiones.